Geraldine y su participación en la película El Niño y la Garza del Studio Ghibli
Escena de la película El Niño y la Garza.

Geraldine, la estrella fugaz

Como una cruel parodia del famoso “Relato de un náufrago” de su compatriota Gabriel García Márquez, la diseñadora colombiana Geraldine Fernández alcanzó la fama tras afirmar que había participado como dibujante en la premiada cinta japonesa El Niño y la Garza. Fue entrevistada por los periodistas, ensalzada en las redes, elevada a la condición de “celebridad barranquillera”, aplaudida por el público, felicitada por sus jefes y luego, tras conocerse su mentira, fue aborrecida y humillada, en medio de un tsunami de sátiras y cyberbulling que la arrasó en menos de 72 horas.

La historia contada por Fernández, y replicada velozmente por medios y redes luego de que, el 7 de enero, la cinta ganara del Globo de Oro a la mejor película animada, ilustra de manera dramática dos males que azotan a la comunicación de nuestros días: las noticias falsas y la ausencia de verificación. Pero vamos por partes.

72 horas de fama

La farsa inició cuando la ilustradora de Barranquilla comentó “en círculos cerrados” -según se justificó después- que había diseñado 25.000 fotogramas para la película animada y que incluso había trabajado tres años en Japón, donde conoció al director de la cinta, Hayao Miyazaki.

Pero sus comentarios no habían sido tan privados. El diario español El País reveló después que ya en octubre del 2023 la diseñadora había impartido una charla a estudiantes de una universidad de Barranquilla, sobre su participación en la película. Geraldine repitió su engaño ante los medios de comunicación colombianos e internacionales y de ahí la historia saltó a las redes sociales.

Fue un instante para que la estrella de la joven empezara a brillar. Todos hablaban del “talento colombiano de exportación” e, incluso, recibió felicitaciones públicas de la empresa en la que trabajaba.Y en medio de tal euforia, ningún periodista se ocupó de verificar la autenticidad de su relato.

Geraldine no solo mintió, sino que pagó con mal a esos elogios. Paralelo a conocerse la farsa, la joven agregó varias mentiras más: que por esa razón había sido despedida de su trabajo, que estaba vinculada con el estudio de animación Ghibli, productor del filme, y que había cursado una maestría en Japón. Todas, afirmaciones falsas que la prensa -ahora sí- se encargó de verificar, según lo reportó Infobae, uno de los medios internacionales que divulgó la historia inicial.

El Niño y la Garza del Studio Ghibli
Película El Niño y la Garza del Studio Ghibli

Nada queda oculto

La falsedad salió a la luz no por la labor acuciosa de los periodistas, sino porque algunos cibernautas aficionados a las películas animadas descubrieron que el nombre de la diseñadora no aparecía en los créditos de la cinta. Esa inquietud también fue recogida en páginas especializadas en anime, y por el propio estudio Ghibli, dijo el medio colombiano El Heraldo, uno de los primeros en alabar a la joven.

De ahí, a que Geraldine pasara de héroe a villana, fue cuestión de un clic. Su imagen, horas antes llena de brillo, terminó eclipsada por las burlas, el acoso cibernético y los memes.

Tras el destape, las acusaciones entre Geraldine y los medios fueron y vinieron. Junto a las “mil disculpas por todo lo ocurrido” de su carta, la joven minimizó su culpa por haber contado públicamente la historia y señaló que los del cuarto poder “no actuaron con la rigurosidad de verificar las fuentes”.

La prensa, por su parte, también intentó adornar la falta de rigor que los puso en evidencia. El Heraldo, por ejemplo, uno de los que hizo eco de la noticia, justificó que trataban de resaltar “la labor que hacen los artistas barranquilleros que dejan en alto el nombre de la ciudad” y su propia directora, Erika Fontalvo reconocía en un video editorial que cometieron un error porque no actuaron “con toda la rigurosidad que ese oficio nos exige”, y acto seguido justificó que “no fueron los primeros en dar la noticia”, y que simplemente “confiaron en las palabras de la ilustradora y en todos los detalles que les brindó”.

¿Y el fact checking?

Este episodio vuelve a poner sobre la mesa un tema recurrente para la prensa: el fact checking, entendido como la obligación profesional de verificar rigurosamente los hechos que se están publicando. Como bien apunta la Cátedra Unesco Amidi, el fenómeno de la desinformación “sugiere que la capacidad del periodismo para transmitir los hechos al público es cada vez menos eficaz e incluso está en entredicho” y puede socavar la confianza del público en la prensa.

Justamente, las percepciones y la confianza están muy ligadas a lo que conocemos como reputación. Las mentiras de Geraldine destruyeron su reputación, sin duda. Y afectaron también la imagen de la empresa donde trabajaba.

Quedó golpeada, igualmente, la reputación y credibilidad de los medios, pues la fantasía dibujada por la diseñadora puso en evidencia la ligereza con la que en muchas ocasiones actúa la prensa, ante una primicia o una noticia con potencial sensacionalista.

La triste historia de “La niña y la farsa”, como replicaban los memes virales, deja importantes lecciones en el ámbito del periodismo y el cuidado de la reputación.