Fútbol y reputación: un juego decisivo

 

Escrito por Marcela Muñoz

Cada cuatro años, el mundo entero presencia uno de los fenómenos mediáticos más difundidos de todos los tiempos. El Campeonato Mundial de Fútbol Masculino congrega a representantes de esta disciplina y mueve miles de millones de dólares, en una magna actividad donde el dinero y la pasión se fusionan para dar vida a uno de los eventos deportivos más rentables.

El fútbol, por mucho, el deporte más popular del planeta, no trata solo de dos equipos tras un balón, para llevarlo al marco contrario. En este, juegan además los medios de comunicación, los que se han encargado de crear un fenómeno que trasciende los 90 minutos de cada encuentro. El Mundial, como popularmente se le conoce, es un campeonato con muy buena reputación, al que los aficionados anhelan ir y los jugadores ven, en muchos casos, como el pináculo de su carrera.

Desde el primer campeonato televisado, en 1954, los medios, y más recientemente las redes sociales, han sido tan protagonistas como los jugadores de las selecciones clasificadas. Narradores, comentaristas, periodistas y blogueros participan de la fiesta del futbol, con la cual también ganan adeptos, seguidores y likes, en busca del beneficio de sus cadenas mediáticas o, incluso, traen aguas para sus molinos personales.

Con la glorificación de los “crack”, la develación de escándalos de corrupción, las jugadas polémicas, el Mundial de Fútbol ha ocupado primeras planas, ediciones estelares, transmisiones continuas y ha sido blanco de infinidad de memes en todas las latitudes y todos los idiomas. Y todo parece indicar, no solo que seguirá por esa vía, sino también que crecerá su penetración con el paso de los años.

Curiosamente, ni el show mediático de los dirigentes siendo encarcelados, ni los juicios por evasión fiscal al que se ha visto sometidas algunas de las principales estrellas de este deporte parecen haber hecho mella en el Campeonato de los campeonatos, a pesar de la insistencia de los medios de colocar estos temas en sus agendas.

Desde el punto de vista reputacional, parece que los aficionados han sabido separar y poner en su justa dimensión, lo que pasa afuera de las canchas para no contaminar al Deporte Rey. En este sentido, David pudo más que Golliat pues han sido los mismos seguidores quienes lograron que estos temas no disminuyeran su ímpetu. Estas personas no tienen el poder ni el dinero de quienes aparecen todos los días en las pantallas, pero son los que ven los partidos en las gradas de los estadios o a través de la televisión, la radio o la internet y eso les ha dado potencia y fortaleza.

En el 2016, la Fiscal General de los Estados Unidos, Loretta Lynch, señaló, refiriéndose a los arrestos de dirigentes de la FIFA en Zürich, que “…estos individuos y organizaciones incurrieron en sobornos para decidir quién televisaría los partidos, dónde tendrían lugar y quién controlaría la organización que supervisa el fútbol a nivel mundial”. El escándalo, sin embargo, se quedó fuera de las canchas. A pocos les importa quién dirige la FIFA mientras puedan vivir la emoción del gol y ver a sus ídolos luchando por la Copa dorada.

No cabe duda que la FIFA y otras instituciones del fútbol han quedado dañadas tras estos hechos pero parece que no han podido llegar hasta el sentimiento de aquellos que esperan impacientemente la llegada de un nuevo cuatrienio. Diríamos entonces que la reputación de esta disciplina se ha apoyado en la comunicación digital de nuestros tiempos para defenderla, para no hablar solamente de las penas de prisión o las millonarias multas, para pivotear los intereses de los aficionados por encima de los intereses comerciales de unos pocos.